Asi que ahí me teníais, caminando entre tranquila y jadeante por la calle mientras el móvil escupía letras al azar -o no-. Oí un coche y me giré sonriendo. De día nunca saludo a la gente, pero cuando de noche me cruzo con alguien siempre lo hago. Me gusta el hecho de crear un puente entre dos seres que no tienen a nadie más cerca, romper el silencio de la noche y mi propia introspección con un sencillo "hola" o "adiós". A mi manera celebro que tanto yo como el desconocido del que no sé ni quiero saber el nombre estemos disfrutando del aire nocturno, los dos juntos rodeados por el vacío, es algo muy íntimo. Les convierto en mis hermanos por unos segundos para olvidarles luego cuando llego a casa. Pero nada de esto pudo suceder entonces, porque en el coche no iban precisamente el tipo de desconocidos nocturnos con los que me siento hermanada: era la pasma. "Joder, qué mal rollo". Sólo llevaba tabaco encima, ni siquiera había fumado hierba durante el día, pero ya se me ha quedado la costumbre de preferir a la policía lo más lejos posible. Pasaron de largo. Agradecí no vivir en algún lugar de América con toque de queda para los adolescentes. Putos americanos... No se quedó ahí la cosa sino que en cuestión de segundos recularon. "Deben verme desorientada o algo", pensé. Aflojaron la velocidad. "Ahora pararán y me preguntarán: ¿Todo bien?". Empecé a imaginar una conversación llena de ironías y vaciles y sonreí, aunque sabía que no pasaría, no soy maleducada cuando no se me dan motivos para serlo y al fin y al cabo sólo estaban haciendo su trabajo. Podía ser que en realidad hasta llevaran buenas intenciones y quisieran ayudarme, pero la verdad es que no quería saber nada de ellos. Mirarles era, seguramente, la manera de que pararan y vinieran a decirme algo, así que les ignoré y seguí con la cabeza alta de quién no tiene nada que esconder o no le da la gana hacerlo tarareando alguna canción de La Polla Records. Al parecer funcionó, se fueron. Quizá sólo estuvieran haciendo la ronda y no me hubieran dado ninguna importancia. Miré al reloj. Llegaba casi tres cuartos de hora tarde. No sé qué habría pasado si, cuando pasaba media hora de mi hora, no se me hubiera dado por comprobarlo. Al salir de la casita y la casa había corrido sin mirar adónde, había parado para preguntarme dónde coño estaba, me había orientado y había aflojado la velocidad al llegar a calles conocidas. No tardé mucho en llegar a la mía, estaba como a cinco minutos de aquella donde se les había dado por patrullar. Bajé un poco la música al pasar frente a la casa de una amiga, no fuera a ser que saliera su abuela por el balcón o algo, es experta en pillar a la gente en malos momentos. Por suerte o por desgracia en su casa aún me tienen por buena niña. La Maria que lee y estudia y no llega a casa con chupetones ni bebida. Lo único en lo que sigo siendo más o menos buen ejemplo es en lo de leer, pero leer lo que me gusta a mí. No creo que les gusten los libros de yonkis alcohólicos adictos al sexo.
Ya casi estaba llegando a casa y me entró curiosidad por mi aspecto. Contemplé mi reflejo en una puerta de cristal. "Dios, soy un puto bebé". Normal que se me tome por buena niña con ese aspecto. "Un bebé con la bragueta desabrochada, por cierto". Me subí la cremallera y seguí tirando recto. Seguro que si no me parara siempre a mirar mi reflejo en todas las superficies que lo muestran o a saludar a cada gato que encuentro `pr el camino ganaría mucho tiempo, pero para qué, si tiempo me sobra. O a veces me falta. Va a ratos. Llegué a casa y volví a disculparme por llegar tarde, mi padre asintió. "¿Todo bien?" preguntó. Al final no era de polis de quién lo oía. "Sí, sí, todo bien. ¡Buenas noches!". Pasé por delante de la sala de estar. Mi madre se había quedado dormida. Era una suerte, porque normalmente es ella la que se preocupa por mi integridad en cualquier situación. Me fui a la cama y aquella noche soñé que mi yo pequeña se decepcionaba por cómo me había vuelto ahora a la par que dos Barbies gigantes me preguntaban qué coño estoy haciendo con mi vida. Desperté con un nudo en la garganta, necesitaba urgentemente hablar con alguien, hablar en persona digo. Le pregunté a M. si aquella tarde estaría por el pueblo. Me dijo que sí pero que había quedado con Alex, que viniera con ellos si quería. Tuve que aceptar que no íbamos a poder hablar de nada. Adiós confesiones de un malestar abstracto. De todos modos no importó, Alex se había comprado una lomográfica con objetivo de ojo de pez y con eso y robándole comida de la nevera me reí lo suficiente como para olvidar mi sueño y su significado. Al día siguiente ya bailaba canciones antiguas con mi gato celebrando entonces que, a pesar de que hubiera parecido que no durante unas horas, seguía dándome todo igual.
1 comentari :
A mí me pararon una vez xD La verdad es que me puse bastante nerviosa.
Tienes suerte de que tu padre sea menos estricto. Al mío, probablemente, le hubiera dado un ataque.
¡En fin! Cosas de padres...
¿Sabes? Una de las cosas que más me gustan de tu blog es el hecho de que narres tu día a día como si fuera una novela. Yo me veo incapaz D: No sabría cómo hacerlo.
¡Un beso, Uve!
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