dimarts, 8 d’octubre del 2013

"Ojalá tuviera un mando para saltarme todas estas escenas", escribí. Y no lo tuve, pero las escenas pasaron. Tanto han pasado que desde la última vez que escribí no solo se han acabado cuatro exámenes y tres tonterías, se han acabado muchas cosas más. Estoy sola. No abandonada, simplemente no tengo a nadie atado a quién tenga que arrastrar. Esto es la felicidad. Estoy jodidamente bien. Y fumando y bebiendo menos. Necesito a poquísima gente, pero la quiero de verdad. Todo se equilibra menos mis ojeras, pero ahora me sé maquillar. Y es otoño y puedo volver a llevar las botas. Por la calle me miran mal, y me encanta. No hay nadie de quien no me ría. La ciudad necesita punk y alegría. ¿Por qué escribo esto? Porque tengo que esperar a que mi madre cuelgue el teléfono para lavar los platos, y no quiero salir a hacerme el peta con los platos sin lavar. He tomado una determinación: este será mi penúltimo post. El siguiente será el último y esto habrá terminado. No borraré el blog, no lo odio tanto, lo dejaré aquí para que la gente pueda obsesionarse conmigo al llegar cuando ya haya dejado de actualizar, leer siempre los mismos reducidos 23 posts y preguntarse qué debo estar haciendo con mi vida mientras yo me pierdo por ahí. Esto no es una despedida, porque dudo que haya de quien despedirme. Ya han pasado los días dorados de mi blog en los que venían a mí los poetas decadentes o mi amor de la blogosfera, tan mediocre visto en otras redes -vista, de hecho-. Es un que vaya bien. Quizá una explicación aunque normalmente no las dé. Quizá solo sean ganas de decir que ahora soy feliz, lo había escrito antes, pero nunca sin nada raro en la sangre.

1 comentari :

Marceline Vicious ha dit...

Siento una mezcla de intriga y tristeza. Intriga por saber quién es tu amor de blogosfera y tristeza por no leerte más, V.