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divendres, 27 de juliol del 2012

Dolly

Le llamábamos Dolly cuando estaba y zorrona en potencia cuando no. Era más pequeña que nosotros y aún no se metía la misma mierda, pero siempre pensé que terminaría cayendo. Su mote -el primero- no tenía nada que ver con su nombre, que sonaba bastante diferente, pero surgió cuando un día en el local alguien comentó que parecía una muñeca, aunque nunca supimos exactamente cuál pues no tenía ni las curvas imposibles y cabellera rubia de las barbies ni la cara hinchada y tétrica de una de porcelana. Siempre caminaba con la cabeza bien alta. Andaba con la seguridad de quien ha olvidado que de un empujón pueden tirarle al suelo, aunque no era el caso de nuestra chica de vestidos de rockabilly y bailarinas negras. Yo creo que más bien siempre lo tenía en mente y quizá por eso quería mostrar esa seguridad. Tenía cara de niña sin inocencia y los ojos, grandes y azules y siempre delineados con una sutil línea de ojo de gato, se achinaban cuando se reía mucho aunque por lo general sólo lo hiciera al ir fumada. La mayor parte del tiempo en vez de reírse resoplaba con una sonrisa poseedora de un deje algo rudo y sarcástico, asintiendo un par de veces. Sus finas cejas siempre se arqueaban en expresiones de indignación, pequeña sorpresa o ironía, y de su boca no salían muchas palabras pero prácticamente todas eran pronunciadas como desafíos tomados a risa, burlas que por su expresión no podías tomar como algo hiriente pero sí cortante. Cuando se estresaba o estaba en desacuerdo con lo que fuera parecía una pequeña histérica, una versión adorable de la reina de corazones, le irritaba no tener la situación bajo control. Los chicos con los que iba, porque siempre estaba al lado de uno, a veces parecían avergonzados de las cosas que ella hacía o decía y te miraban con cara de circunstancias, como preguntando ¿qué hago?. Luego la miraban a ella y, fascinados, volvía a darles todo igual. Dolly los tenía a sus pies y sin embargo en cuanto la conocí un poco más dejé de verla poderosa. No lo era, necesitaba de verdad a los tíos a los que, si no la dejaban ellos, no toleraba más de una semana. Bastaba con mirarla a los ojos para ver que algo no cuadraba: no tenía la mirada gatuna de una puta fría, tenía mirada de perro. A los perros se les ve que necesitan amor. Sí, la pequeña Dolly necesitaba amor, pero era demasiado escéptica para enamorarse. Utilizaba a los tíos como ella había sido utilizada antes. En el fondo quizá el sexo en sí le diera igual o sólo le importara estar fuera de su propia mente unos instantes, lo que quería era que le subieran el ego. Era la versión femenina de algún capullo que se le había comido el corazón cuando era tan sólo una niña generosa e idealista. Mientras tanto yo tenía que aguantar el cargo de saberlo y no poder evitar comunicárselo con los ojos cada vez que me miraba ella con confianza esperando encontrar en mí la misma mirada impresionada que le dedicaba la mayoría de gente, pero de todos modos de nada le servirían todas aquellas miradas cuando de madrugada, con insomnio y sin poder engañarse a sí misma, abrazara la almohada y la llenara de lágrimas. Pobre Dolly, en el fondo sólo eras una niña demasiado crecida a la que ya sólo su madre llamaba Claudia. Oh, Dolly, nunca me perdonaste por saber lo que eras.