
Sostenías el sol en una mano y la luna en la otra comentando que te centrabas tanto en el calor del astro que olvidabas la roca, y yo sonreí impotente porque era a la vez un halago y una putada. No hubo momento en el que pronunciaras algún cumplido tradicional, optabas por hablar de la situación, no de mí. Quizá pensaras que aquello te hacía menos infiel.