- Llevas tarareando esa canción todo el rato. - dijo él algo divertido. J. levantó la mirada
- ¿Te molesta?
- No, para nada. Tengo la costumbre de tomar cómo indirecta aquello que cantan a mi alrededor. ¿Puedo preguntar de qué habla tu canción? - respondió sonriendo.
- No te emociones, no es de amor ni de sexo ni de sandeces por el estilo. Es del orgullo y... no sé, cosas así. Cuando la escucho no pienso en lo que dice la letra, a mí me sugiere otras cosas.
- ¿Cuáles?
- Antes me sabía a verano, a esperanza. Ahora la escucho y aunque me ponga de buen humor también me deja algo nostálgica... es cómo recordar promesas rotas.
- Promesas rotas. Qué sabrás tu de promesas rotas a tu edad - se rió él - es un cliché de las niñas adolescentes, sé original.
- A la mierda la originalidad, no tengo que estar esforzándome para aparentar ser diferente. - se quedó medio segundo callada antes de añadir en tono algo desafiante y una media sonrisa con un deje de superioridad: - Porque ya lo soy.
- Guay lo de mandar la originalidad a la mierda. Eso es original. Pero creéme, todos los humanos nos comportamos de forma casi igual por diferentes que nos creamos.
Intentó ocultar que las primeras frases la había complacido. Si hubiera sido un gato estaría ronroneando. Dió la pequeña discusión por acabada y se pusieron a hablar de lo bonita que era la noche y demás temas sin rumbo. Él encendió el cuarto cigarrillo.
- Eh, no fumes tanto. Me irrita el humo.
- Usted perdone - dijo en tono de burla, pero apagó el piti y se lo guardó en la cajetilla. Ella tenía ganas de hablar o, mejor dicho, de responder a más preguntas.
- ¿Sabe tu madre que estás aquí?
- Claro. Le he dicho: "Eh, mamá, un tipo al que conozco de hace cuatro días me ha invitado a ir a colarme a la piscina ahora que es de noche y está cerrada. ¿Puedo ir? Sí, voy a coger una chaqueta".
- Cómo no iban a dejarte ir. Yo he dicho en casa que me iba a emborrachar a una niña por ahí, pero como tampoco pueden impedírmelo...
- No estás emborrachándome. - decir que no era una niña era la forma más fácil de volver a ser llamada cliché. Las reglas del juego estaban cada vez más claras y no quería fallar (no se le ocurrió pensar por qué no había elegido ella ninguna regla).
- ¿Quieres que lo haga? - tomó el whisky e hizo el gesto de servírselo otra vez. Encantador.
- No, no, quita, que ya estoy bien. - sonreía como una boba. La tensión sexual iba in crescendo mientras la conversación seguía y seguía, interminable, llena de sarcasmo y silencios extraños. Dejó de escucharle y se quedó mirando el movimiento de sus labios, respondiendo sólo con "sí, no" y pensando en cuándo se enrollarían... hecho que al final simplemente no sucedió: llegada cierta hora le dijo que tenía que irse y eso hizo, se fue.
"Por qué coño" pensaba "por qué coño me lleva a la piscina, nos bañamos y bebemos juntos y hablamos toda la noche si no quiere nada más". Era totalmente incomprensible. Rompía con todo lo que sabía de tíos pero confirmaba su teoría de que eran los seres más jodedores del mundo. Se dió cuenta de que se había dejado el paquete de tabaco en el suelo. Lo abrió sin molestarse en ser delicada, dentro había el mechero. Metió los dedos y palpando cada piti reconoció el que él había apagado cuando le había dicho que no fumara. Se lo había puesto en la boca... ella hizo lo mismo. Era como conseguir el beso que le había sido negado. Se quedó también los otros y los días siguientes fue fumando uno o dos clandestinamente hasta que se le acabaron. No llegó a engancharse. A lo que sí llegó fue a la conclusión de que era un tío bastante retorcido, porque tenía la certeza de que aquel estúpido se había "dejado" la cajetilla a posta. La había dejado en el suelo para que la cogiera y pensara en él. "Maldito narcisista, mira que tener que acudir a cosas así para sentirte importante". Sin embargo se dio cuenta, y eso la alivió, de que no estaba enamorada; le había parecido interesante y le atraía -por eso el cabreo al quedarse con las manos vacías- pero no sentía nada. Eso estaba bien. Decidió que algún día escribiría sobre él.